
Bernardo Montoya

![]() | ![]() |
|---|
SUCESO NATURAL PABLO LA PADULA | BERNARDO MONTOYA CHAUX | JUAN RIDOLFI CURADURÍA RUTH GEOFFROY
Oda galería de arte se complace en presentar Suceso Natural, una muestra colectiva que reúne obras de Pablo La Padula, Bernardo Montoya Chaux y Juan Ridolfi, con curaduría de Ruth Geoffroy.
A través de prácticas que dialogan con la biología, la geología, la cerámica y los materiales orgánicos, la exposición propone un recorrido donde la naturaleza deja de ser un tema de representación para convertirse en materia, proceso y forma de conocimiento. Las obras reunidas establecen un vínculo profundo con el territorio y con los ciclos de transformación de la materia, revelando modos de creación que surgen de la observación, la experimentación y la experiencia directa con el entorno.
Lejos de concebir la producción artística como una acción separada del mundo natural, Suceso Natural pone en relación tres investigaciones que entienden el hacer artístico como una continuidad de los procesos de la naturaleza, invitando a repensar los vínculos entre materia, paisaje y creación contemporánea.
Esta narrativa expositiva reúne a tres artistas contemporáneos hermanados por una misma vocación, la de crear con materiales primordiales y métodos que continúan el despliegue de la naturaleza. La muestra propone así un recorrido donde la materia deja de ser mero soporte para volverse campo de pensamiento y de vínculo con el mundo, un territorio donde la mano y la sustancia orgánica se reconocen en un mismo gesto creador.
Pablo La Padula combina una doble condición, artista y doctor en Ciencias Biológicas, cruce que impregna su acercamiento a la combustión y al dibujo trazado con la huella del carbono, en un gesto que rememora el impulso remoto del arte rupestre en el paleolítico. En su instalación Gramática de Humo despliega un alfabeto propio donde conviven el registro de especies vegetales, fragmentos de su propia anatomía y formas abstractas, resultado de una observación atenta de las lógicas secretas con que la naturaleza organiza sus formas.
El artista colombiano Bernardo Montoya Chaux modela en barro el tiempo, los ciclos y la arquitectura que sostienen lo viviente. Tierra, Fuego, Agua y Aire son cuatro obras compuestas con esferas cerámicas, unidad básica de su lenguaje plástico, que evocan al mismo tiempo células, planetas y semillas. Despliega además una instalación de sesenta piezas tituladas Mantos, dispuestas como una partitura imaginaria surgida de la composición sonora Melodía de Arcilla, obra de Marcos Micozzi.
El trabajo de Juan Ridolfi resulta inseparable de su vivencia en las Sierras Grandes del Valle de Calamuchita, en Córdoba, determinada por la geología singular, los sedimentos propios, la flora nativa y la biodiversidad de ese contexto. Esa Bernardo Montoya Chaux, Agua, cerámica en acrílico, 50 x 50 cm, 2025 Juan Ridolfi, Hortensias y Arazá, revoques de tierra estabilizada pigmentada sobre madera, 120 cm x 60 cm, 2025 experiencia de habitar el territorio impregna cada pieza construida con revoques de tierra, en un gesto que reverencia ese vínculo sustancial con el lugar.
En conjunto, estas obras recuperan ciertas derivas del arte contemporáneo que desde mediados del siglo veinte interrogaron la separación entre creación y paisaje, entre artificio y proceso vivo, como el arte povera, el land art, o la serie Siluetas de Ana Mendieta, quien dejó la impronta de su propio cuerpo sobre barro, arena y follaje, disolviendo el límite entre la figura humana y la tierra hasta volverlas una sola presencia.
Desde el punto de vista filosófico, esta narrativa se acerca al pensamiento estoico, que concibió el cosmos como un organismo vivo atravesado por una razón universal a la que llamó logos, principio activo que habita y organiza la materia desde dentro. El cosmos era para el estoicismo un ser único y racional que se piensa mientras se despliega, produciendo sus propias formas, como el calor que nace del fuego y la semilla que ya contiene el árbol que crecerá de ella. También llamaron pneuma a esa razón, a ese aliento sutil que recorre los minerales, los cuerpos vivos y los astros con distinta intensidad pero en permanente continuidad, de modo que la piedra, el animal y el ser humano resultan grados diferentes de tensión de un mismo principio cósmico. Lo que distinguía al ser humano de las demás creaturas era justamente la capacidad de volverse consciente de esa razón universal, y de ahí entendían que vivir bien significaba actuar en coherencia con ese principio, reconociendo que todo producto del hacer humano es parte del mismo proceso del que también participa la piedra y el árbol.
Esa comprensión fue desplazándose en el pensamiento filosófico y técnico que la historia occidental fue sedimentando durante siglos. Platón pensaba la materia como imitación imperfecta de las ideas, mientras Aristóteles distinguía entre la forma que impone el mundo físico y la que el artesano añade desde afuera. Más tarde el Renacimiento enalteció como genio al artista capaz de superar lo natural en lugar de continuarlo, y Descartes separó la mente del mundo material, dejando con división lo físico del lado de aquello que existe sin conciencia ni propósito propio. La semiótica contemporánea permite advertir con claridad las consecuencias de ese binarismo, pues lo revela primero en el lenguaje y, a través de él, se proyecta luego sobre el mundo, de manera que cuando lo natural y lo artificial se convierten en signos opuestos el territorio termina reducido a recurso, el suelo a sustrato y el bosque a madera. Lo que el pensamiento moderno fue silenciando es el hecho de que el contexto biológico, geográfico, físico y químico que rodea a una comunidad determina sus formas de conocer, sus materiales, sus ritmos y su manera de habitar, y que quienes viven en las alturas perciben el mundo de manera distinta a quienes habitan las costas, no solo por tradición cultural sino porque la presión atmosférica, la luz, la flora, la fauna y el agua moldean el cuerpo y la percepción antes de que cualquier otra mediación entre en juego.
Trascender la lógica dual entre natura y artificio supone reconocer lo que el logos y el pneuma ya habían enseñado, la antigua creencia de que la piedra, el humo y la mano que los transforma comparten una misma razón universal. Lo que esta constelación de obras propone es una restitución de la mirada, una invitación a comprender que el territorio no es un escenario disponible sino una inteligencia compartida.
Superar el binarismo es recuperar una forma de atención, una postura de reverencia ante lo que nos rodea y nos constituye. Es reconocer que la naturaleza habla y que el arte puede ser el medio que nos inspire a escucharla.
- Ruth Geoffroy Curadora

