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Magmas de la era Poliesticena

March 15, 2020

Magmas de la era Poliesticena 

 

Durante la era Cenozoica, en el periodo Cuaternario y la época del Pleistoceno (2,6 millones-10.000 a.C.), la reacomodación de capas tectónicas y la separación de Pangea para formar los actuales continentes, seguía su curso. En el Pleistoceno (pleistos: “lo más” y kainos: “nuevo”), esta reacomodación se notaba por intensa actividad volcánica, con enorme producción de magma. La cantidad de calor lograba calentar la Tierra y retrasar a un promedio de 100 mil años cada glaciación, aunque nadie sabe a ciencia cierta si un planeta pequeño, dentro de un modesto sistema solar, pudo producir suficiente calor como para dejar de ser helado, que es el estado “natural” del universo, o si el movimiento de placas tectónicas está ligado totalmente al magma. Una hipótesis reciente –de Nir Shaviv- dice que el sol hace su “año solar” por su galaxia cada 250 millones de años y que durante la fase en que el sistema solar cruza sobre los brazos de la galaxia, la Tierra hará glaciaciones.

Como sea, durante el Pleistoceno, sea por las glaciaciones o la caza, se extinguieron 79 géneros de grandes animales, lo que equivale a un 75% de las especies animales superiores. En este escenario de extinsionismo, no es despreciable la actividad volcánica: el Neandertal desapareció cuando las 24 bocas del mega volcán de los Campos Flégreos (Golfo de Nápoles) hicieron erupción simultáneamente hace unos 39 mil años, dejando muy pocos Neandertales, que se quedaron sin comida ante la voracidad e instinto asesino del Homo Sapiens venido de África. 

Tiempo después, Bernardo Montoya, Homo Sapiens, habitante de la era Cenozoica, periodo Cuaternario y la época del Holoceno (10.000 a.C.-Hoy), estuvo recorriendo las zonas volcánicas de Guatemala, que en realidad son muchas, pues en un área de apenas 109 mil kilómetros cuadrados hay 288 volcanes. El artista viajero actual no deja muchos testimonios del tipo bitácora, cuaderno de dibujos o dramáticas fotos en blanco y negro de lugares nunca pisados por otro Homo Sapiens o junto a Homo Sapiens de etnias aisladas durante rituales de iniciación sexual. Más bien, recorre lugares sin metas preconcebidas, asimila información con la actitud de dejarla eternamente “sin sistema operativo”, distrae a propios y ajenos subiendo fotos turísticas a redes sociales y se lleva una “impresión” mental y afectiva de los lugares. En el caso del artista viajero Bernardo Montoya, también se “apropia” de una que otra roca volcánica, con el riesgo de ser detenido en el aeropuerto de ciudades como Ciudad de Guatemala por “apropiación indebida del patrimonio geológico nacional”, o en el mejor de los casos pagando una enorme cifra por “exceso de equipaje geológico”.

 

              Lago Atitlán y algunos de sus 12 volcanes, Guatemala.

En el proceso de evaluación del material geológico en su taller en Bogotá, Montoya aprendió a extraer un extraño pigmento volcánico rojo macerando y moliendo las piedras volcánicas guatemaltecas entre sí. Dentro de la viejísima idea de la alquimia, Montoya logró mágicamente sacar pintura del magma seco volcánico. En un proceso analógico al del magmatismo volcánico, el artista usa sustancias volátiles, líquidos y sólidos para producir magma espeso y húmedo, un magma que ya pertenece a un nuevo período geológico: el Magmatismo artístico de la era del Poliesticeno, donde el Homo Antropoceno produjo una nueva capa geológica -rastreable satelitalmente o visible en algunas costas de emersión- con sus propios desechos artificiales, entre ellos el poliestireno o Icopor, aunque 

también en la permanente actividad de aviación comercial, por ejemplo, con un promedio de 200.000 vuelos diarios rastreados en tiempo real.

 

 

Por otro lado, Germán Andrade ha mostrado en varios escenarios la huella del Homo Antropoceno, cuya artificial capa geológica de llantas, plásticos y biomas está siendo “asimilada” por la Tierra, sin que sepamos las consecuencias ecológicas o mutacionales a largo plazo. Filósofos optimistas como Timothy Morton quieren desde ya enseñarnos a vivir en un mundo sin naturaleza, sin animales, con trillones de Homo Antropocenos, reproduciéndose y eliminando sistemáticamente lo natural, una sociedad globalizada alrededor de la comida artificial y afirmando el permanente centralismo y neoliberalismo propio de esta nueva subespecie homínida. Al fin y al cabo, el Homo Sapiens surgió extinguiendo a otras subespecies de homínidos -y grandes animales cazando sin control-, como al propio Neandertal, al Homo Floresiencis o al Homo de Longlin. No es raro, pues, que el Homo Antropoceno extinga al Homo Sapiens creando un hábitat artificial, dentro de una biosfera “plastificada”, rodeado de electrónica y eliminando el concepto de naturaleza, y eliminando a la naturaleza.

  

 

En sus recorridos viajeros, Montoya también ha encontrado los cuatro tipos de poliestireno regados por el Homo Antropoceno, aunque se ha concentrado en recolectar el Poliestireno Expandido, que es liviano y frágil y aparece en cualquier esquina urbana o flotando en ríos y océanos, pues con él se empacan los más variados dispositivos electrónicos que viajan en barcos y aviones diariamente. En el hacer de Montoya, el pigmento magmático se encuentra con el Icopor en una acción altamente simbólica sobre la fragilidad de la vida de un planeta chico como la Tierra: el único y original magma seco volcánico y los petroquímicos derivados de animales extintos que se necesitan para producir poliestireno, tragicómicamente comparten su antigüedad ante nosotros en la forma de una cuidada instalación. Un encuentro geológico si se tiene en cuenta que el poliestireno ya es parte de la reciente capa geológica antropocena. Esta obra de Montoya es, sin duda, la primera obra de arte de la era Cenozoica, periodo Cuaternario, época del Antropoceno (Hoy d.C-Hoy d.C.), sin que, igualmente, sepamos sus consecuencias dentro del medio ambiente artístico nacional. 

 

Fernando Uhía. MFA

Profesor Asociado, Departamento de Arte

Universidad de los Andes, Bogotá 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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© Bernardo Montoya